jueves, 24 de julio de 2008

HABLANDO DE RELACIÓN DE AYUDA III

¿Sabemos acompañar a los enfermos?

Creo que en general, no, y es muy incómodo decirlo y aceptarlo. (Por eso incluyo esta reflexión en "verdades incómodas") Lo llevo pensando desde mi última operación, que al fin y al cabo no fue grave, pero que me permitió situarme un par de meses en esa experiencia de fragilidad y también de dependencia respecto a otras personas que te cuidan.

Me explico con más claridad.

A veces uno no sabe cómo situarse ante un enfermo, y ocurre con mucha frecuencia que pospone una llamada, una visita, un pequeño servicio, por miedo a pasar un mal rato. Y pasa que con la excusa de "respetar la intimidad del enfermo", corren los días, semanas, meses… y no nos hemos hecho presentes.

Pero en ocasiones se da el otro extremo: no te han ingresado todavía y ya hay gente que quiere poco menos que seguir en directo la operación, la consulta, la prueba o lo que sea. Y con buena voluntad y quizá exceso de interés, a veces el encuentro con el enfermo se convierte en un interrogatorio sobre cuánto, cómo, donde, y qué le han hecho y ha tomado. Aquí se ha invadido la intimidad del enfermo.

Curiosamente también se dan dos reacciones que a mi personalmente me hacen mucha gracia: el "y yo más" y el "y yo nunca". En la primera, ante cualquier queja del enfermo, salta el otro con un "eso no es nada para lo que me pasó a mi en el año…" y te cuenta su operación con pelos y señales. A veces, por pudor puede disimular diciendo que operaron a su tía Felisa, pero el caso es quedar por encima, hasta en el dolor.

Lo del "y yo nunca" no es menos gracioso: durante tres años tuve un compañero que cada vez que a alguien le dolía la cabeza, nos recordaba que su salud era de hierro y jamás jamás jamás había padecido una migraña o una cefalea.

Y cómo no, siempre hay alguien que sabe muchíiiiiisimo de lo que te pasa y se atreve a aconsejarte que te tomes tal o cual medicina, conoce los efectos del tratamiento que te han mandado y sabe si la operación está bien o mal hecha.

El colmo es cuando el que visita al enfermo no puede contener las lágrimas o rompe a llorar sin más, porque la persona que tiene delante sufriendo le recuerda a un ser querido… a veces se llega a la paradoja de que quien tenía que ser consolado y animado, se ve en la tesitura de confortar al que le visita.

Todas estas reacciones ante la enfermedad, bastante frecuentes por cierto, me parece que reflejan la incomodidad que a todos nos produce enfrentarnos a la debilidad, el dolor, la vulnerabilidad…

Ojalá aprendamos todos a saber estar con nuestros enfermos, recordando siempre las palabras de Jesús: "Estuve enfermo y me visitasteis… lo que hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis".
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