martes, 22 de marzo de 2011

LA RISA DE QUIEN AMA Y ES AMADO

Lo propone un buen amigo. Y quizás es un grito que, precisamente al empezar la cuaresma, resulta casi trasgresor, pero necesario. Tenemos que reírnos más para tragar la vida. ¡Claro que sí! No es la risa insensata de los necios. Tampoco la risa frívola del que pasa por la vida sin mirarle a la entraña. No es la risa fracasada de quien vive amargado. Ni la risa cruel del malvado. La nuestra puede ser la risa alegre de quien ama y es amado. La risa franca de quien se sabe limitado. La risa honesta de quien vive con la verdad por delante. La risa divertida de quien sabe leer, en cada historia, sus posibilidades. La risa ligera de quien no hace dramas de más. La risa agradecida de quien sabe reconocer la bendición. La risa que sabe marcharse para volver en otro momento.

¿Alguna vez has visto el Cristo de Javier? ¿No es impresionante? ¿Podemos imaginar a un Dios que ríe? Sí. Al menos tanto como nos resulta evidente decir que Dios debe llorar con el dolor de sus hijos. Pues, del mismo modo, seguramente sonríe – a la manera en que sonría Dios-. Sonríe con la vida que crece. Con las pequeñas victorias de nuestros días. Con las historias de amor auténtico. Con las oraciones limpias de los críos. Con cada gesto en el que los seres humanos damos un paso hacia su encuentro.



Podemos gritar, alborozados, por los encuentros y los proyectos que ilusionan. Podemos cantar, desafinando si hace falta, cada vez que la buena noticia nos alcanza. Podemos reconocer, con asombro genuino, lo afortunados que somos. Y podemos mirar, extasiados, lo bueno que hay en tantas vidas.

pastoralsj